El aumento global en el consumo de fármacos como la semaglutida genera debate sobre las condiciones de su uso. Expertos destacan la importancia de complementar la medicación con cambios en el estilo de vida para obtener resultados sostenibles.
El uso de inyecciones para la pérdida de peso continúa en expansión a nivel mundial. Este fenómeno se intensificó tras la caída de la patente de la semaglutida en países como India, donde se comercializan versiones genéricas a bajo costo. Sin embargo, especialistas señalan que el crecimiento en el acceso no siempre va acompañado de una responsabilidad equivalente en el consumo, planteando interrogantes sobre los perfiles de los usuarios y las condiciones bajo las cuales se administran estos tratamientos.
En Argentina no existen estadísticas oficiales al respecto, pero datos de otros mercados reflejan la magnitud del fenómeno. Según una encuesta reciente del grupo de investigación sanitaria KFF, aproximadamente uno de cada ocho adultos en Estados Unidos afirma estar utilizando actualmente un medicamento de la clase GLP-1. Además, desde enero se han emitido más de 600 mil recetas para la versión oral Wegovy, del laboratorio Novo Nordisk, como alternativa a la inyectable.
La demanda ha impulsado incluso el desarrollo de dosis más potentes. La Administración de Alimentos y Medicamentos de Estados Unidos (FDA) aprobó recientemente una presentación de 7,2 mg de semaglutida para casos que requieren un tratamiento más intensivo, luego de una autorización similar en Europa. Estudios indican que esta dosis podría llevar a una reducción de peso de hasta el 25% en un tercio de los pacientes, con un promedio del 21%.
No obstante, médicos y especialistas insisten en que la medicación por sí sola no constituye una solución integral. Katherine Saunders, experta en medicina de la obesidad de Weill Cornell Medicine y cofundadora de FlyteHealth, explicó a la agencia AP que «el mayor error que comete la gente con los medicamentos GLP-1 es pensar que la receta es el tratamiento».
En la misma línea, Jody Dushay, endocrinóloga de la Facultad de Medicina de Harvard, remarcó que «la salud depende de lo que comés, de cuánto te movés, de tus niveles de azúcar en sangre, de tu presión arterial y de tu colesterol». La profesional añadió que, si bien las redes sociales y la publicidad a veces proyectan la imagen de una «solución rápida», la obesidad es «una enfermedad compleja, crónica y progresiva que requiere un tratamiento médico continuo».
Ambas expertas coinciden en que para maximizar los beneficios de estos fármacos y reducir posibles efectos secundarios —como náuseas, vómitos, estreñimiento o pérdida muscular— es fundamental adoptar cambios sostenibles en el estilo de vida, incluyendo una dieta saludable, ejercicio regular, sueño suficiente y un manejo adecuado del estrés.
El mensaje sobre la necesidad de un enfoque integral para el tratamiento del sobrepeso y la obesidad, que no se limite únicamente a la administración de semaglutida u otros fármacos similares, busca ganar mayor énfasis en medio de un mercado en rápida evolución.
